El origen del
filosofar: la admiración
Empezamos, viendo lo
que es la filosofía partiendo de que es el amor o búsqueda de la SABIDURÍA. El
saber filosófico es un saber eminente porque es un saber de causas últimas, a
las que se accede por la luz natural de la razón. Pero, ¿cómo se puede acceder
a ese saber? Además, si un individuo jamás ha ejercido la filosofía, si no la
conoce, ¿cómo la podrá amar? Hemos dicho, en una primera aproximación, que la
filosofía es amor, búsqueda del saber, y que éste es algo que normalmente todos
deseamos poseer. De acuerdo con esto, todos los seres humanos, somos en cierto
modo filósofos. Sin embargo, aunque tengamos esa posibilidad no siempre
realizamos la actividad filosófica. ¿Cómo se inicia el saber filosófico?, ¿cuál
es su punto de arranque o su origen? Muchos de los grandes filósofos están de
acuerdo en que el comienzo de la filosofía es la admiración. Todos ellos
empezaron a hacer filosofía admirándose. Pero, ¿qué es la admiración? Podemos
decir, en primer lugar, que en cierta manera la admiración es una especie de
deshabituación, un salir de lo acostumbrado.
A. LA
DESHABITUACIÓN. De ordinario nos
acostumbramos a ver la realidad como la vemos, estamos habituados a ella.
Llegamos a este mundo prematuramente, después de los nueve meses de estar en el
vientre materno; nos “vamos terminando de hacer”. Cuando venimos a esta
realidad no somos ni siquiera conscientes de ello. De pequeños, se nos presenta
el mundo progresivamente, gracias a nuestros padres y posteriormente a nuestros
maestros, que son quienes "muestran" al recién llegado esta gran casa
que es el universo y nos vamos acostumbrando, por ejemplo, a que aquella planta
crece, a que aquel animal se comporta así, a que las personas hablan y hacen
cosas. Evidentemente un niño pregunta, (¿por qué?) y a veces hasta el
cansancio; pero se contenta pronto con las respuestas que recibe, porque su
inteligencia aún no se ha desarrollado lo suficiente. Pero, imaginémonos que venimos
a este mundo, siendo mayores, como si de pronto despertáramos a una realidad
extraña, y al abrir los ojos, veríamos algo a lo que no estamos habituados. La
primera pregunta que seguramente afloraría a nuestros labios sería: ¿dónde
estoy?, ¿qué es todo esto? A veces, hay acontecimientos en nuestra vida que nos
interpelan de modo radical, como, por ejemplo, la muerte de un ser querido.
Quizá sea entonces cuando el sujeto intente comprender la realidad de un modo
más profundo y más propio
b. EL ARTE DE
SABER PREGUNTAR: Decíamos que la admiración requiere una cierta
deshabituación. Cuando uno se sale de los conocimientos habituales es porque
éstos no le bastan para contestar sus interrogantes. Por ello, la
deshabituación de la admiración requiere una actitud de serena insatisfacción.
Según esto el filósofo es un insatisfecho, pero no en el sentido de
desasosiego, sino de tener una gran capacidad de pregunta. Es posible
conformarnos con las respuestas elementales. Inclusive al filósofo se le
plantea él ¿para qué más? Él podría responder: ¿Y por qué menos? Según un
filósofo clásico, Aristóteles, es indigno del ser humano no acceder a un
conocimiento del que es capaz. Uno no puede instalarse en los conocimientos
obtenidos. El verdadero filósofo no se instala jamás. La inquietud por la
verdad ha prendido una vez en su interior y una vez que se ha gustado de la
verdad no se la puede dejar ya nunca más. Se suelen distinguir dos momentos en
la admiración: uno que es el acto inicial de sorprenderse, acompañado ordinariamente
de una conmoción sensible. Se trata de una situación en que se advierte que a
uno le falta la comprensión de algo que nos admira y que no sabemos
explicarnos. Nos damos cuenta que estamos frente a una realidad de la que no
sabemos dar razón, de la que no podemos respondernos. Es un pugnar por penetrar
la realidad y ver que no se nos entrega: ¿qué es esto?¿Por qué?. Muchas de
estas preguntas se han hecho famosas a través del tiempo, por ejemplo: ¿por qué
el ser y no más bien la nada?, ¿Por qué el cambio, el movimiento en la
realidad?, ¿Por qué la multiplicidad y variabilidad de las cosas?, ¿Por qué el
dinamismo intrínseco de un ser viviente?, ¿Por qué el ser humano no puede dejar
de aspirar siempre a la felicidad?, ¿Por qué los amigos terminan siempre
pareciéndose?, ¿Por qué el advenimiento de la muerte?, etc. Como se podrá
notar, una característica de todas esas grandes preguntas es que se refieren a
lo que estamos tranquilamente acostumbrados, a lo que damos por hecho, a lo que
tomamos como evidencias, y de lo cual casi nadie se pregunta. De acuerdo con
esto ya tenemos una pista para saber preguntar y es precisamente preguntarnos
sobre lo obvio, sobre lo que transcurre nuestra vida y casi nadie se pregunta.
Otro elemento que nos ha legado la tradición socrática es el ejercicio de una
sana ironía. Como se sabe, Sócrates y sus discípulos ejercían el arte de la
pregunta en la ciudad, entrevistando a quienes se consideraban entendidos en su
oficio, y cuestionándoles precisamente lo que ellos creían que sabían. Por
ejemplo, si acudían a visitar a los artesanos, les preguntaban por su
actividad. Es probable que el artesano respondiera de acuerdo al cómo de su
arte, pero no supiera responder al qué es. Igualmente sucedía con los poetas,
al preguntarles ¿qué es la poesía? ellos podrían responder vagamente, o
haciendo unos versos, pero en realidad no sabían decir qué era la poesía en
cuanto tal. De la misma manera sucedía cuando preguntaban a los políticos sobre
¿qué era la política? Y ellos contestaban diciendo sus planteamientos
políticos, pero no la esencia de la política. Evidentemente, este ejercicio es
bastante delicado porque no todos buscan la verdad en lo que hacen, sino otros
fines, y al hacerles ver la verdad pueden rechazarla, por razones de orgullo,
amor propio, o malicia.
C. LA
DOCTA IGNORANCIA: Según la tradición
socrática, si se vive bien el momento de la deshabituación o el de la sana
ironía se da lugar a la llamada docta ignorancia, que es tal porque todavía no
ha alcanzado la verdad y es docta porque sabe que ignora, y por tanto ya sabe
algo. En cambio, el verdaderamente ignorante es aquel que no sabe que lo es. La
docta ignorancia es un saber que no se sabe y se expresa con la conocida
máxima: "Sólo sé que nada sé". Sin esa conciencia de que no se sabe,
o de que se sabe muy poco, es imposible el filosofar. No hay nadie que dé un
paso adelante y se ponga en movimiento en pos de algo que cree que ya posee de
modo completo. Por ello, si alguien piensa que ya sabe cómo son las cosas, no
se dispondrá a su búsqueda, ¿para qué va a tratar de conocer las cosas, si ya
sabe cómo son? Por esa razón a la verdad hay que acercarse con la humildad de
quien sabe que ignora muchas cosas, y por tanto se le acerca sin resabios. Se
trata de una cierta ingenuidad, la de creer que es posible alcanzar la verdad,
y que la aproximación a ella es paulatina y comporta mucho esfuerzo.
D. EL DESCUBRIMIENTO DE LA VERDAD: Si uno afronta con sinceridad, a veces irónicamente, esa
situación de ignorancia, de insuficiencia, entonces se da paso al segundo
momento de la admiración: la búsqueda y el descubrimiento de la verdad.
Habíamos dicho antes que la verdad es esquiva, que no se entrega fácilmente;
por ello en este segundo momento se despliega todo el esfuerzo, se empeñan
todas las energías, se afina el método necesario para medirse con aquella
realidad, se ejecutan los actos intelectuales requeridos, apostando todo en
favor del descubrimiento de la verdad, de su posesión. Cuando por fin se
ejercen los actos intelectuales que se corresponden con la realidad y se llega
a alcanzar la verdad, entonces se produce la luz. A los intentos, a la lucha
contra las dificultades, le sigue el gozo del encuentro con la verdad. A esto
Sócrates le llamó "mayéutica": el arte de dar a luz; haciendo un
símil respecto del oficio de su madre que era partera y que ayudaba a las
madres a dar a la luz al niño. En cierta manera ese encuentro con la verdad
"marca" la vida del sujeto, que al encontrarla se embelesa con ella,
la integra en su vida, la cual se ve, de esta manera, dichosamente enriquecida.
Con aquella luz del intelecto se "ve más y mejor" la realidad, se la
ve de un modo nuevo, distinto. Lo que se ha vivido antes de conocer la verdad y
el futuro que se abre a partir de entonces es diferente. Si se tiene la inmensa
fortuna de encontrarse con la verdad ésta es acogida con una intensidad sólo
comparable a su búsqueda.
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